domingo, 12 de noviembre de 2023
Juan Parra del Riego
Palpitante y jubilosocomo el grito que se lanza de repente a un aviador,todo así claro y nervioso,yo te canto, ¡oh jugador maravilloso!que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo tambor.
Agil,fino,alado,eléctrico,repentino,delicado,fulminante,yo te vi en la tarde olímpica jugar.Mi alma estaba oscura y torpe de un secreto sollozante,pero cuando rasgó el pito emocionantey te vi correr...saltar...
Y fue el ¡hurra! Y la explosión de camisetas,tras el loco volatín de la pelota,y las oes y las zetasdel primer fugaz encajede la aguja de colores de tu cuerpo en el paisaje,otro nuevo corazón de proa ardiente,cada vez menos despaciose me puso a dar mil vueltas en el pecho de repente.
Y te vi, Gradínbronce vivo de la múltiple actitud,zigzagueante espadachíndel golkeeper cazador,de ese pájaro violentoque le silba a la pelota por el vientoy se va, regresa y cruza con su eléctrico temblor.¡Flecha, víbora, campana, banderola!¡Gradín, bala azul y verde! ¡Gradín, globo que se va!Billarista de esa súbita y vibrante carambolaque se rompe en las cabezas y se enfila más allá...
Y discóbolo volante,pasas uno...dos...tres...cuatro...siete jugadores...
La pelota hierve en ruido seco y sordo de metralla,se revuelca una epilepsia de coloresy ya estás frente a la vallacon el pecho...el alma...el pie...y es el tiro que en la tarde azul estallacomo un cálido balazo que se lleva la pelota hasta la red.¡Palomares! ¡Palomares!de los clásicos aplausos populares...¡Gradín, trompo, émbolo, música, bisturí, tirabuzón!(¡Yo vi tres mujeres de esas con caderas como altarespalpitar estremecidas de emoción!)¡Gradín! róbale al relámpago de tu cuerpo incandescente,que hoy me ha roto en mil cometas de una loca elevación,otra azul velocidad para mi frentey otra mecha de colores que me vuele el corazón
Tú que cuando vas llevando la pelotanadie cree que así juegas:todos creen que patinas,y en tu baile vas haciendo líneas griegasque te siguen dando vueltas con sus vagas serpentinas.
¡Pez acróbata que al ímpetu del ataque más violentose escabulle, arquea, flotano lo ve nadie un momento,pero como un submarino sale allá con la pelota...!Y es entonces cuando suena la tribuna como el mar:todos grítanle: ¡Gradín! ¡Gradín! ¡Gradín!
Y en el ronco oleaje negro que se quiere desbordar,saltan pechos, vuelan brazos y hasta el fintodos se hacen los coheterosde una salva luminosa de sombrerosque se van hasta la luna a gritarle allá:¡Gradín! ¡Gradín! ¡Gradín!
viernes, 29 de marzo de 2019
Mario Benedetti: Puntero Izquierdo
No es que me arrepienta ¿sabés? de estar aquí en el hospital, se lo podés decir con todas las letras a la barra del Wilson. Pero para jugar más allá de Propios hay que tenerlas bien puestas. ¿O qué te parece haber ganado aquella final contra el Corrales, jugando nada menos que nueve contra once? Hace ya dos años y me parece ver al Pampa, que todavía no había cometido el afane pero lo estaba germinando, correrse por la punta y escupir el centro, justo a los cuarenta y cuatro de la segunda etapa, y yo que la veo venir y la coloca tan al ángulo que el golerito no la pudo ni pellizcar y ahí quedó despatarrado, mandándose la parte porque los de Progreso le habían echado el ojo.
¿O qué te parece haber aguantado hasta el final en la cancha del Deportivo Yi, donde ellos tenían el juez, los línema, y una hinchada piojosa que te escupían hasta en los minutos adicionales por suspensiones de juego, y eso cuando no entraban al fiel y te gritaban: "¡Yi! ¡Yi! ¡Yi!" como si estuvieran llorando, pero refregándote de paso el puño por la trompa? Y uno haciéndose el etcétera porque si no te tapaban.
Lo que yo digo es que así no podemos seguir. O somos amater o somos profesional. Y si somos profesional que vengan los fasules. Aquí no es el Estadio, con protección policial y con esos mamitas que se revuelcan en el área sin que nadie los toque. Aquí si te hacen un penal no te despertás hasta el jueves a más tardar. Lo que está bien. Pero no podés pretender que te maten y después ni se acuerden de vos.
Yo sé que para todos estuve horrible y no precisa que me pongas esa cara de Rosigna y Moretti.
Pero ni vos ni don Amílcar entienden ni entenderán nunca lo que pasa. Claro, para ustedes es fácil ver la cosa desde el alambrado. Pero hay que estar sobre el pastito, allí te olvidás de todo, de las instrucciones del entrenador y de lo que te paga algún mafioso. Te viene una cosa de adentro y tenés que llevar la redonda. Lo ves venir al jalva con su carita de rompehueso y sin embargo no podés dejársela. Tenés que pasarlo, tenés que pasarlo siempre, como si te estuvieran dirigiendo por control remoto. Si te digo que yo sabía que esto no iba a resultar, pero don Amílcar que empieza a inflar y todos los días a buscarme a la fábrica. Que yo era un puntero de condiciones, que era una lástima que ganara tan poco, y que aunque perdiéramos la final él me iba a arreglar el pase para el Everton.
Ahora vos calculá lo que representa un pase para el Everton, donde además de don Amílcar, que después de todo no es más que un cafisho de putas pobres, está nada menos que el doctor Urrutia, que ése sí es Director de Ente Autónomo y ya colocó en Talleres al entreala de ellos.
Especialmente por la vieja, sabés, otra seguridad, porque en la fábrica ya estoy viendo que en la próxima huelga me dejan con dos manos atrás y una adelante. Y era pensando en esto que fui al café Industria a hablar con don Amílcar. Te aseguro que me habló como un padre, pensando, claro, que yo no iba a aceptar. A mí me daba risa tanta delicadeza. Que si ganábamos nosotros iba a ascender un club demasiado díscolo, te juro que dijo díscolo, y eso no convenía a los sagrados intereses del deporte nacional. Que en cambio el Everton hacía dos años que ganaba el premio a la corrección deportiva y era justo que ascendiera otro escalón. En la duda, atenti, pensé para mi entretela. Entonces le dije el asunto es grave y el coso supo con quién trataba. Me miró que parecía una lupa y yo le aguanté a pie firme y le repetí que el asunto es grave. Ahí no tuvo más remedio que reírse y me hizo una bruta guiñada y que era una barbaridad que una inteligencia como yo trabajase a lo bestia en esa fábrica. Yo pensé te clavaste la foja y le hice una entradita sobre Urrutia y el Ente Autónomo. Después, para ponerlo nervioso, le dije que uno también tiene su condición social. Pero el hombre se dio cuenta que yo estaba blando y desembuchó las cifras.
Graso error. Allí nomás le saqué sesenta. El reglamento era éste: todos sabían que yo era el hombre-gol, así que los pases vendrían a mí como un solo hombre. Yo tenía que eludir a dos o tres y tirar apenas desviado o pegar en la tierra y mandarme la parte de la bronca. El coso decía que nadie se iba a dar cuenta que yo corría pa los italianos. Dijo que también iban a tocar a Murias, porque era un tipo macanudo y no lo tomaba a mal. Le pregunté solapadamente si también Murias iba a entrar en Talleres y me contestó que no, que ese puesto era diametralmente mío. Pero después, en la cancha, lo de Murias fue una vergüenza. El pardo no disimuló ni medio; se tiraba como una mula y siempre lo dejaban en el suelo. A los veintiocho minutos ya lo habían expulsado porque en un escrimaye le dio al entreala de ellos un codazo en el hígado. Yo veía de lejos tirándose de palo a palo al meyado Valverde, que es de esos idiotas que rechazan muy pitucos cualquier oferta como la gente, y te juro por la vieja que es un amater de órdago, porque hasta la mujer, que es una milonguita, le mete cuernos en todo sector. Pero la cosa es que el meyado se rompía y se le tiraba a los pies nada menos que a Bademian, ese armenio con patada de burro que hace tres años casi mata de un tiro libre al golero del Cardona.
Y pasa que te contagiás y sentís algo adentro y empezás a eludir y seguís haciendo dribles en la línea del córner como cualquier mandrake y no puede ser que con dos hombres de menos (porque al Tito también lo echaron, pero por bruto) nos perdiéramos el ascenso. Dos o tres veces me la dejé quitar pero ¿sabés? me daba un calor bárbaro porque el jalva que me marcaba era más malo que tomar agua sudando y los otros iban a pensar que yo había disminuido mi estándar de juego. Allí el entrenador me ordenó que jugara atrasado para ayudar a la defensa y yo pensé que eso me venía al trome porque jugando atrás ya no era el hombre-gol y no se notaría tanto si tiraba como la mona. Así y todo me mandé dos boleos que pasaron arañando el palo y estaba quedando bien con todos. Pero cuando me corrí y se la pasé al Ñato Silveira para que entrara él y ese tarado me la pasó de nuevo, a mí que estaba solo, no tuve más remedio que pegar en la tierra porque si no iba a ser muy bravo no meter el gol. Entonces, mientras yo hacía que me arreglaba los zapatos, el entrenador me gritó a lo Tittaruffo:
“¿Qué tenés en la cabeza? ¿Moco?”
Eso, te juro, me tocó aquí dentro, porque yo no tengo moco y si no preguntale a don Amílcar, él siempre dijo que soy un puntero inteligente porque juego con la cabeza levantada. Entonces ya no vi más, se me subió la calabresa y le quise demostrar al coso ése que cuando quiero sé mover la guinda y me saqué de encima a cuatro o cinco y cuando estuve solo frente al golero le mandé un zapatillazo que te lo boliodire y el tipo quedó haciendo sapitos pero exclusivamente a cuatro patas. Miré hacia el entrenador y lo encontré sonriente como aviso de Rider y recién entonces me di cuenta que me había enterrado hasta el ovario. Los otros me abrazaban y gritaban: “¡Pa los contras!”, y yo no quería dirigir la visual hacia donde estaba don Amílcar con el doctor Urrutia o sea justo en la banderita de mi córner, pero en seguida empezó a llegarme un kilo de putiadas, en la que reconocí el tono mezzosoprano del delegado y la ronquera con bitter de mi fuente de recursos. Allí el partido se volvió de trámite intenso porque entró la hinchada de ellos y le llenaron la cara de dedos a más de cuatro.
A mí no me tocaron porque me reservaban de postre. Después quise recuperar puntos y pasé a colaborar con la defensa, pero no marcaba a nadie y me pasaban la globa entre las piernas como a cualquier gilberto. Pero el meyado estaba en su día y sacaba al córner tiros imposibles. Una vuelta se la chingué con efecto y todo, y ese bestia la bajó con una sola mano. Miré a don Amílcar y al delegado, a ver si se daban cuenta que contra el destino no se puede, pero don Amílcar ya no estaba y el doctor Urrutia seguía moviendo los labios como un bagre. Allí nomás terminó uno a cero y los muchachos me llevaron en andas porque había hecho el gol de la victoria y además iba a la cabeza en la tabla de los escores.
Los periodistas escribieron que mi gol, ese magnífico puntillazo, había dado el más rotundo mentís a los infames rumores circulantes. Yo ni siquiera me di la ducha porque quería contarle a la vieja que ascendíamos a Intermedia. Así que salí todo sudado, con la camiseta que era un mar de lágrimas, en dirección al primer teléfono. Pero allí nomás me agarraron del brazo y por el movado de oro le di la cana a la bruta manaza de don Amílcar. Te juro que creía que me iba a felicitar por el triunfo, pero está clavado que esos tipos no saben perderla. Todo el partido me la paso chingándola y tirando desviado o sea hipotecando mis prestigios, y eso no vale nada.
Después me viene el sarampión y hago un gol de apuro y eso está mal. Pero ¿y lo otro? Para mí había cumplido con los sesenta que le había sacado de anticipo, así que me hice el gallito y le pregunté con gran serenidad y altura si le había hablado al delegado sobre mi puesto en Talleres.
El coso ni mosquió y casi sin mover los labios, porque estábamos entre la gente, me fue diciendo podrido, mamarracho, tramposo, andá a joder a Gardel, y otros apelativos que te omito por respeto a la enfermera que me cuida como una madre. Dimos vuelta una esquina y allí estaba el delegado. Yo como un caballero le pregunté por la señora, y el tipo, como si nada, me dijo en otro orden la misma sarta de piropos, adicionando los de pata sucia, maricón y carajito. Yo pensé la boca se te haga un lago, pero la primera torta me la dio el Piraña, aparecido de golpe y porrazo, como el ave fénix, y atrás de él reconocí al Gallego y al Chiche, todos manyaorejas de Urrutia, el cual en ningún momento se ensució las manos y sólo mordía una boquilla muy pituca, de ésas de contrabando. La segunda piña me la obsequió el Canilla, pero a partir de la tercera perdí el orden cronológico y me siguieron dando hasta las calandrias griegas. Cuando quise hacerme una composición de lugar, ya estaba medio muerto.
Ahí me dejaron hecho una pulpa y con un solo ojo los vi alejarse por la sombra. Dios nos libre y se los guarde, pensé con cierta amargura y flor de gusto a sangre. Miré a diestro y siniestro en busca de S.O.S. pero aquello era el desierto de Zárate. Tuve que arrastrarme más o menos hasta el bar de Seoane, donde el rengo me acomodó en el camión y me trajo como un solo hombre al hospital. Y aquí me tenés. Te miro con este ojo, pero voy a ver si puedo abrir el otro. Difícil, dijo Cañete. La enfermera, que me trata como al rey Farú y que tiene, como ya lo habrás jalviado, su bruta plataforma electoral, dice que tengo para un semestre. Por ahora no está mal, porque ella me sube a upa para lavarme ciertas ocasiones y yo voy disfrutando con vistas al futuro. Pero la cosa va a ser después: el período de pases ya se acaba. Sintetizando, que estoy colgado. En la fábrica ya le dijeron a la vieja que ni sueñe que me vayan a esperar. Así que no tendré más remedio que bajar el cogote y apersonarme con ese chitrulo de Urrutia, a ver si me da el puesto en Talleres como me habían prometido.(1954)
jueves, 10 de septiembre de 2009
Rafael Alberti. Oda a Platko

Platko años setentas
En 1928 el FC de Barcelona y el Real Sociedad jugaron en Santander la final de la Copa de España. Fué un duelo epico, pues hubo que disputar tres partidos para decidir el campeón (entonces no habia prorrogas, ni penaltis). En el definitivo, el hungaro Franz Platko, portero del Barça, se convirtió en heroe al detener varios goles marcados estando en precarias condiciones fisicas. Rafael Alberti, que vio el partido, contó impresionado como el guardameta "fué acometido furiosamente por los de la Real y quedó ensangrentado, sin sentido, pero con el balón entre los brazos... Luego reapareció, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar". Los catalanes ganaron la copa y Alberti escribió su "Oda a Platko". Ni la lluvia. Ni el viento, que era el que más rugía.
Ni el mar, ni el viento, Platko,
rubio Platko de sangre,guardameta en el polvo,pararrayos.
Volvió su espalda al cielo.
rotas alas, combatidas, sin plumas,
"Y recuerdo también nuestra triple derrota en aquellos partidos frente al Barcelona que si nos ganó, no fue gracias a Platko sino por diez penaltis claros que nos robaron. Camisolas azules y blancas volaban al aire, felices, como pájaros libres, asaltaban la meta defendida con furia y nada pudo entonces toda la inteligencia y el despliegue de los donostiarras que luchaban entonces contra la rabia ciega y el barro, y las patadas, y un arbitro comprado. Todos lo recordamos y quizá mas que tu, mi querido Alberti, lo recuerdo yo, por que yo estaba allí, porque vi lo que vi, lo que tú has olvidado, pero nosotros siempre recordamos: ganamos. En buena ley, ganamos y hay algo que no cambian los falsos resultados."
martes, 8 de septiembre de 2009
HORACIO QUIROGA.
El cuento que presentamos aquí, es un relato real de la muerte del futbolista Abdón Porte "el Indio" del Nacional de Montevideo, con la fría narrativa de Horacio Quiroga.
"JUAN POLTÍ, HALF-BACK"
Horacio Quiroga
Publicado en Atlántida, Buenos Aires, año I, N° 11, mayo 16, 1918, con un dibujo de Málaga Guenet.

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.
Tal es el caso de Juan Poltí, half-back del Nacional de Montevideo. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar: por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.
Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros: porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria de su campo.
Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco. En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía:
"Que siempre esté adelante
el club para nosotros anhelo.
Yo doy mi sangre
por todos mis compañeros,
ahora y siempre el club gigante.
¡Viva el club Nacional!"

Abdón Porte
domingo, 2 de agosto de 2009
24 Maneras de decir Futbol
Turco: Futbol
martes, 9 de diciembre de 2008
El SUCIDIO DE DIOS*
Diego Armando Maradona ha tomado la temeraria decisión de dirigir a la selección argentina. Un país contiene el aliento ante lo que puede ser el descalabro de su favorito.
El Dios de los pies pequeños ha dotado de contenido a los comentaristas que bostezaban ante la tarea de analizar el abductor lesionado de un defensa o el costoso fichaje de un delantero.
Puesto en entredicho por sus intoxicaciones, Maradona es el tónico que el futbol necesita para despertar. A diferencia de la mayoría de sus colegas argentinos, que al llegar a cierta edad cambian la cancha por la tranquila gestión de una parrilla de carnes, el 10 albiceleste no ha dejado de buscar retos ni problemas. Su prodigiosa historia en los estadios ha sido una telenovela fuera de ellos.
Su gracia para engañar a los rivales como quien les hace un favor lo convirtió en un futbolista de fábula. Pero Maradona tenía algo más: la magnética condición del ídolo. Anotar un gol con la mano en una Copa del Mundo sin que lo advierta el árbitro es una picardía de alta escuela. Decir que fue "la mano de Dios" es crear un mito.
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sábado, 18 de octubre de 2008
El Mejor
¡Qué tiempos, oiga usted! Si parece que fue ayer... Mire, el otro día viendo esos programas de la Prego en la tele, le decía yo a mi hijo: acuérdate de la noche que nos dio Aurora con el parto y el jaleo que había en la calle con los mítines y las elecciones... La madre no quería fútbol. Quería médico o ingeniero o abogado, pero fútbol, no... Listo fue siempre, muy listo. Echó a andar pronto, rompió a hablar pronto. Todo lo hacía bien y rápido. Mucho talento, sí señor. Por eso la madre, natural, quería que estudiara carrera. Pero no hubo forma, oiga. ¡Qué afán con el balón...! Yo creo que esas cosas se heredan, como todo. Su abuelo, mi difunto marido, era loco por el fútbol...
Mire, hay uno, no sé si es de la Ser o de Cope esa, que dijo un día: Desde Gento no ha habido nadie que corra como Baldo... Pues fíjese qué orgullosa. A ver... Usted no sabe lo que es una abuela... Hombre, la madre ya va entrando. No entiende mucho, no, pero se da cuenta de lo que el chico vale. Además, lo que yo le digo: Pero hija, médicos y arquitectos buenos hay muchos, pero un deportista como Baldo, de ésos hay poquísimos... Que no, que no digo sólo por lo que ganan, aunque eso también es importante. Lo digo porque mientras juegan, mientras son jóvenes, son como reyes, como los reyes de ese mundo de ellos... Oiga usted, me acuerdo cuando le escogieron para los juveniles. En el colegio no vea usted. Del director hasta el último renacuajo de párvulos, estaban todos como locos...
Todo era Baldo por aquí y Baldo por allá y mi nuera con el morro torcido. Ya verá, me decía, éste no vuelve a tocar un libro en su vida... Y es que ella, mi nuera, vale mucho. Se ha preparado muy bien, ha estudiado mucho y está ahora de jefa de enfermeras en su planta, ahí en La Paz. Y ella, lo normal, quería que el chico hubiera estudiado para médico. El padre, mi hijo, ése es más fácil de convencer. Le dijo a Baldo: Tú entrenas pero sigues estudiando ¿eh? Que la vida del deporte es corta ¿y luego, qué? El que lo hizo bien fue Pirri, le decía. Le sacaba mucho a relucir al Pirri aquel que se casó con la Sonia Bruno, tan mona que era ¿no se acuerda usted? Bueno, pues Pirri estudió medicina deportiva y cuando dejó de jugar lo fichó el Madrid para médico del equipo y ahí lo tiene usted...
O vino o una cañita de cerveza de barril, eso era lo que se usaba... Pero no me quiero ir por las nubes que ya sé yo que a usted le interesa el niño, que usted quiere que le hable del niño... Me pone nerviosa con el cacharro ese de grabar. Ya, ya lo entiendo que si no, no puede escribirlo todo lo que le digo... Bueno pues el niño se crió muy bien... No, el abuelo no lo llegó a conocer. Murió joven. Vamos, que era joven para morirse. Cincuenta y cinco años tenía. Llegó un día a casa, blanco como esa pared. Me dijo: Ábreme la cama María, que no puedo más. Le había dado un dolor así, de repente en los riñones... Total, que no le veían nada claro, que lo llevaron al hospital y al fin... No, no conoció al nieto...
Ahora que eso sí, yo me compré un piso cerquita, pequeño, muy mono, pero aparte. Yo le dije a mi hijo: Mira, cerca sí. Pero independiente... Que sé yo lo que pasa con las suegras, que no es lo mismo vivir con una hija que con una nuera... Esto no se le ocurra ponerlo ¿eh? que mi nuera es muy buena chica, pero no es lo mismo... Esa gloria no me la dio Dios, tener una hija.
Pero me dio cuatro hombres, el marido, los dos hijos y este nieto, el Baldo que ha sido mi alegría desde que nació... Me lo traían aquí cuando se iban a trabajar y aquí se pasaba todo el día. Pero si a este niño lo he criado yo más que su madre... La de biberones, pañales, termómetros que habré gastado yo con él. Así que me adora. Pregúntele a él... Bueno, no le pregunte que ya sabe como son los chicos, les da vergüenza decir que te quieren. Y encima éste, que están deseando que hable, que diga algo para sacarlo en las revistas...
Baldo, le pusieron así por el padre de ella, el otro abuelo, se crió muy bien. Fuerte y sano. Nunca estuvo malo de importancia. Algún catarrillo, la tripa, lo normal. Un niño muy alegre, muy juguetón. ¡Qué energía! No paraba quieto. Cuando empezó a andar me lo llevaba al parquecito de aquí al lado y allí se desahogaba. Luego dormía la siesta como un tronco. No fue al colegio hasta los cinco años porque me tenía a mí ¿y quién le iba a cuidar mejor? Luego cuando empezó a ir yo le iba a llevar y a recoger. Me decían las señoritas: Vaya nieto que tiene usted, qué listo y qué bueno... que es lo que quiere oír una abuela... Me acuerdo el día que me dijo una de ellas: Su nieto va para futbolista. Porque desde muy pronto, eso sí, le encantaba la pelota. Como a todos, claro... ¿Estudiante? Era bueno. Le gustaban y le gustan las matemáticas. Lo que más. Y dibuja muy bien...
Con el pie en el balón apoyándolo, sujetándolo para que no se le escape... Hombre, el futuro nadie lo conoce, pero digo yo que si se tuerce la cosa podrá seguir con los estudios aunque sea de noche y trabajando de día, que no será el primero que lo hace. Y siempre tendrá el recuerdo de lo que fue... Además a él le quiere todo el mundo porque es muy buen compañero para todos. Si te quejas de que uno le ha dado un empujón o un golpe fuerte, él dice: ¿tú qué sabes, abuela?... Y de los árbitros, y de las tarjetas... No hay quien le hable de eso... Mire, yo también le pregunté una vez lo que usted me pregunta a mí, que por qué quería ser profesional en el fútbol. Y él me contestó: Porque quiero ser el mejor en algo y en esto lo voy a poder ser, estoy seguro... Allí sí que se me escaparon las lágrimas. Porque me acordé de lo que contaba mi marido del Coppi, ese ciclista italiano, que decía: Todos los hombres son iguales pero hay algunos más iguales... Y mi niño quería ser de los que no son iguales... Si yo creyera en algo, que no creo, Si creyera que el abuelo le puede ver a mi Baldo desde allá arriba por un agujerito. Que puede ver a mi nieto matándose por ser el mejor...
domingo, 18 de mayo de 2008
EL LUGAR DONDE LAS ARAÑAS HACEN SU NIDO
Marcial Fernández
Flavio Grand, italiano de familia materna, de pensamientos arquitectónicos de paterna, y el cocinero de historias más imaginativo y con más sazón de entre todos mis amigos, que igual trama en segundos un exquisito spaghetti alla bolognese que un buffet de manjares inexistentes, me regaló el siguiente cuento. La narración, pues, la acompañamos con un chianti dulzón y suave, obsequio de su amante Berenice, una morena desalmada que algún papel juega en este mangiare, mismo que Flavio nunca me confesó si era cierto o no, por lo que cualquier agravio a la Cosa Nostra no es sino una mera coincidencia. Estábamos trabajando en unos guiones cinematográficos en mi casa de San Ángel cuando Flavio soltó el relato. Pero me lo dio a conocer como si nada, como si se tratara de una escaleta más de su gran alacena, apenas el condimento para darle intriga, acción, magia y humor a una tarde de diciembre; apenas para darle cuerpo al buen vino de Berenice. Flavio me dijo:
-Imagínate la liga de futbol italiana en la década de los ochenta. Con jugadores que venden su talento al mejor postor, y con apostadores que corrompen árbitros, a porteros de equipos rivales, a estrellas contratadas del extranjero.-De acuerdo -contesté y le di un sorbo al chianti.
Flavio, por su parte, prendió uno de mis puros, exhaló una gigantesca oleada de humo, se sirvió más vino y continuó la historia: -Ahora imagínate todos los entramados de dicha corrupción. Una trattoría de Nápoles, o de Palermo, diseñada por un pintor costumbrista, lugar en donde se va a llevar a cabo un soborno...
Entonces vi claramente como Salvatore Galli, delantero centro del equipo Verona, o del Roma, luego de estacionar su fiat convertible a la puerta de dicho establecimiento, se baja del auto y mira a todas partes, se acomoda el nudo de la corbata para después, con paso decidido, entrar a ese lugar de mesas con manteles de cuadrícula, paredes con fotografías de familia, una larga barra de madera y al fondo, cuatro o cinco sujetos con los atavíos más clásicos del cine hollywoodense de gansters.
El godfather del grupo se deja ver entre todos los mafiosos, sus súbditos, y abre los brazos para recibir al recién llegado, quien acepta el contacto y luego le besa el anillo del dedo anular, regordete, de la mano siniestra. -Salvatore -dice el sujeto-, ¡qué bueno que no olvidas tu sangre! ¡Qué bueno que acudes al llamado!
El futbolista asiente con una ligera sonrisa.
-¿Ya comiste, querido?
Y Salvatore, que es casi un niño, vuelve asentir. Pero el padrino no le hace caso y lo lleva a una mesa lejana de oídos indiscretos. Lo invita a sentarse al momento que un mesero les sirve un vaso de vino de la casa adelgazado con agua.
-¿La mamma, bien? -pregunta el viejo.
-Bien.
-Bene, bene. El mesero sale de escena y regresa con fettuccine ai funghi di bosco y deja la charola en el centro del convite para que el abuelo reparta. Entre plato y plato hablan de viandas de la tierra, de los muchachos del barrio, de aquella putilla que ya es actriz de pantalla grande, pero ni una palabra de futbol. Tres vasos de vino son suficientes para que Salvatore se sienta relajado, a gusto, contento por reencontrarse con sus raíces. Beben café y el godfather le hace una seña que marca el final de la entrevista. Ambos se levantan sonrientes, se dan un abrazo de despedida y el padrino le susurra al oído: -Mañana tu equipo pierde. Salvatore, en apenas un instante, se abisma en una pesadilla. Intenta deshacer el abrazo pero el godfather lo sujeta con fuerza. Le repite:-Mañana tu equipo pierde. -Y, tras una pausa, agrega-: hay mucho honor y muchas liras de por medio. Serás recompensado generosamente.
Salvatore abre aún más los ojos en un intento por escapar del mal sueño. Piensa en empujar al viejo y escupirle al rostro, devolverle de esta manera todos los viejos favores a la mamma, a sí mismo. Le quiere decir algo y no puede. Desea negar su participación en el fraude y sabe que es imposible, que le costaría algo más que su carrera. Finalmente el padrino deshace el abrazo y sujeta a Salvatore por los hombros. Le sonríe como los abuelos le sonríen a los nietos, y le dice:
-Ahora, a tu hotel, que nadie sospeche.
Salvatore se siente asqueado, mareado; sin embargo, logra salir con aire sereno de la trattoría. En la calle lo reconocen unos hinchas y le piden su autógrafo. Los ignora y aborda el fiat entre insultos de los ofendidos.
-Bambino di merda -alcanza a escuchar. Enciende el auto y atraviesa avenidas, calles y callejuelas a toda velocidad, sin mirar semáforos. Se detiene en un vecindario de la parte antigua de la metrópoli, la que en época de Justiniano fue villa de cortesanas. Entra a un edificio y en uno de los pisos, su novia, Berenice, una morena que el tiempo volvería desalmada, le abre la puerta y, al verlo, pregunta: -¿Qué pasa?
Salvatore no contesta y la empuja al interior del departamento. La besa y en el sofá casi la viola entre ronroneos de un gato de angora. Acaban y vuelven a hacer el amor, ahora mecánicamente, como por obligación. Terminan y Salvatore se levanta para servirse una copa de grappa que bebe hasta el fondo, observa el cristal entre gesticulaciones y se vuelve a Berenice, quien se muestra absolutamente desconcertada; Salvatore disimula, de nuevo se le acerca y de nuevo invita a la cópula, esta vez con la lentitud y el cuidado que propicia cierto sentimiento de culpa.
Antes del anochecer, mientras Berenice toma una ducha, Salvatore sale del edificio como los ladrones que expían su pecado en el confesionario. Pone en marcha el fiat y lo enfila rumbo al hotel en donde se concentra su equipo. Los compañeros y el cuerpo técnico lo esperan; le hacen bromas; pero nada, Salvatore está indiferente, no asiste a la charla del entrenador ni a la cena. Pide disculpas, dice que le duele la cabeza y que se va a dormir. No obstante, no logra conciliar el sueño. A la mañana siguiente, sin embargo, parece recobrado. Le regresa su habitual buen humor y la deferencia hacia sus compañeros. Da declaraciones optimistas a la prensa y señala por TV que ganar el presente partido es una obligación. Que aspira a que el seleccionador nacional se fije en él.
Empieza el juego y Salvatore alinea de capitán, y el partido transcurre en el tenor del futbol italiano: a la defensiva, de mucha marca, de mucho toque de balón y tácticas salidas de la pizarra. En el minuto noventa, asimismo, el marcador señala un 1 a 0 rotundo, contundente, casi definitivo a favor del equipo rival. El delantero centro, no obstante, se siente aliviado, pues en realidad en él no han recaído oportunidades ya no se diga para ganar el cotejo, sino para siquiera emparejarlo. Pero, segundos antes de que concluya el encuentro, penal, penal, penal... A favor de su equipo. Salvatore, goleador de su escuadra, es designado por el D. T. para cobrar la falta.
-¡La gran puttana! -Murmura entre dientes- ¡La gran puttana! -Se repite mientras coloca el esférico en la mancha blanca-. ¡La gran puttana! -Se dice por última vez al verse en el área del fusilamiento, en donde, en esta ocasión, caso paradójico, el fusilado no va a ser el portero, sino el propio fusilero.
Salvatore, entonces, se perfila a tres pasos del balón. Mira el arco contrario, al cancerbero; los gritos del público se le diluyen en los oídos con un espeso silencio; se concentra; cree imaginar toda su vida, a su mamma regalándole su primera pelota, su debut en la primera división... Escucha el silbatazo del árbitro, camina dos pasos, uno más, quiebra ligeramente la cintura, finta y dispara...
¡Fuera!
De las tribunas se desata un abucheo total al tiempo que Salvatore cae de rodillas tapándose el rostro con las manos. Se decreta el final del partido.
Flavio, quien todavía no termina su relato, aprovechó mi estupor para servirse más chianti y volver encender su puro. -¿Y? -Pregunto impaciente.
-Salvattore Gali recibió de manos de la mafia una maleta llena de liras.
-¿Y?
-La aceptó.
-¿Y?
-Le confesó a Berenice que él intentó anotar el gol, que él tiró al marco.
* Derechos de autor del autor. Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/10/99
MÉXICO-ZAMBIA CON TIROS PENALES
Marcial Fernández
La historia me la contó Gustavo, a quien a su vez se la contó el sargento Núñez, a quien a su vez se la contó Rey, el titiritero de la anécdota, qué digo titiritero, todo un mago de pueblo, de ésos que en el escenario se equivocan y en lugar de aparecer un conejo del sombrero de copa, lo que de ahí se les escapa es un tigre que acaba con la función. Bueno, tampoco hay que exagerar, aunque los acontecimientos en su momento fueron un verdadero drama, o por lo menos lo fueron para Rey, con el paso del tiempo sucedió lo que comúnmente sucede: el drama termina en comedia y en un buen relato para contar. Antes de seguir hay que aclarar una cosa: los hechos son cien por ciento reales y Rey es un personaje famoso que ha dedicado toda su vida al futbol, al principio como jugador, el rey del tablero de ajedrez, y luego como director técnico, el también rey que mueve las fichas blancas o negras a su antojo, siempre con la mira en derrocar al adversario. El cuento, pues, inicia en un puerto de México. Diré que en Mazatlán, aunque todos sabemos que ahí no hay equipo de primera división, pero sí afición futbolera. Ahora bien, el Mazatlán, dirigido por Rey, se disputaba los primeros lugares de la tabla con un equipo de la capital, diré por decir que los jaguares, la escuadra de la Iglesia.
En ese entonces jugaba con los jaguares Daniel Trejo, un centro delantero excepcional, de quien se dice pudo haber llegado más lejos que Hugo Sánchez. Yo no lo creo; sin embargo, poseía cualidades parecidas al pentapichichi, además de que era el hombre a marcar, ya que al nulificarlo se nulificaba a la decena sobrante.
Eso lo sabía Rey, claro que lo sabía. Por eso decidió mover sus peones aún antes de iniciar la partida. Y no. No contrató a mariachis para que les cantarán toda la noche a los jaguares afuera del hotel, ni motivó a los mazatlecos a que hicieran sonar sus claxons frente a los ventanales donde se hospedaban los de la Iglesia. Rey fue más sutil, simplemente descolgó el teléfono y le habló a Rosabel, que en realidad se llamaba María, una mujer capaz de hacerse pasar por demonio frente al mismísimo Simón del Desierto. -Reina, te tengo un trabajo...
De esta manera, un día antes del juego Mazatlán versus jaguares, cerca de las cinco de la tarde, Rosabel, vestida toda de blanco, con una toga moderna y entallada, el cabello corto y rojo, casi naranja, la mirada azul y las facciones espigadas y dulces, entró al hotel Francia, que era el sitio en donde se concentraban y dormían los de la Iglesia y, sin hacer caso a turistas y nacionales que se volvían a verla, se sentó en una silla alta junto a la barra del bar.
En este punto hay que señalar que el hotel Francia tiene cinco bares o cantinas, como se les quiera llamar. La barra a la que llegó Rosabel es justamente la que está en el lobby, por lo que en tal sitio no era difícil llamar la atención.
Ahí, Rosabel, sentadita y con ademanes correctos, le pidió a Miguel -quien, además de cantinero, era su amigo-, un martini, y como no queriendo sacó de su bolsa un cigarrillo, también blanco, y se puso a fumar con un ligero biz de puta elegante, de ésas por las que Marco Antonio perdería un imperio.
Los buitres de hotel, es obvio, la empezaron a fastidiar. Es más, Juan de Labra, un argentino defensa central de los jaguares, le hizo charla. No obstante, ella negó saber de futbol y le dijo que los futbolistas no le interesaban, peor: la aburrían. Él se quiso burlar de ella, y ella, más pedante que él -cosa que es mucho decir-, se dio media vuelta y empezó a platicar con Miguel, quien aceptó el diálogo como un triunfo personal frente al extranjero.
Cuando De Labra desapareció, Rosabel le preguntó al barmán: -¿Conoces a Daniel Trejo?
-¿No que no te gusta el futbol?
Ella le guiñó el ojo.
-Míralo -se lo señaló sin dejar de preparar unas piñas coladas para unos italianos.
Rosabel se dio vuelta y clavó la mirada en el indicado, quien tenía un cierto aire a Maradona, el único futbolista que ella realmente admiraba. "Ojalá traiga doña Blanca", pensó y lo siguió espiando. Él, en tanto, al sentirse observado, se hizo el loco y, con otros integrantes del equipo, se perdió en el interior del hotel.
Sin embargo, no tuvieron que pasar más de dos martinis para que Miguel le comentara a Rosabel que allá, en una de las mesas del fondo, la buscaban. En una esquina semioculta, Trejo hacía como que trabajaba, como que escribía garabatos en unos papeles en blanco, como que revisaba sus propios manuscritos.
La mujer, sin más, se acercó a la mesa. -Me puedo sentar.
Trejo asintió con una sonrisa de oreja a oreja.
-Me llamo Ana -dijo Rosabel, también llamada María, mientras el sujeto se levantaba para acomodarle una silla.
-Daniel... Daniel Trejo. -Le dio la mano-. Mucho gusto.
-Perdón, pero... No vayas a pensar que...
-No, no, no.
-Lo que pasa es que mi novio...
-No, no te preocupes, ¿qué quieres tomar?
-¿Tú qué tomas?
-Refresco, Coca.
-Entonces, una Coca.
-¿Segura?
-Segura. ¿Fumas? -Sacó sus cigarrillos.
-No, por el momento.
-Oye, ya me dio pena, no vayas a pensar que soy...
-No, mujer, no te preocupes. Y con una de esas conversaciones en las que sin decir nada en realidad se dice todo, la pareja acabó bebiendo la mar de combinaciones: refresco, whisky, ron y, ya en una de las habitaciones, champaña, mucha champaña, que no sólo bebieron sino que se echaron encima. Sí, se bañaron en viuda de Clicquot, primero con ropa y luego desnudos en la tina.
Así, alrededor de la seis de la madrugada, Ana, o Rosabel, o María, que para el caso era la misma, salió del Francia y, todavía con los estragos de la parranda, se fue a tomar una cerveza a los portales. De ahí a echar una birria y después a planchar la oreja.
A las once, no obstante, la despertó el teléfono. -¿Sí? -Contestó de mala gana.
-¿Cómo te fué?
-¿Quién habla?
-Rey.
-¡Ah, Rey, mi vida, de maravilla! Todo un México-Zambia con tiempos extras, tandas de penales, cinco goles y mucha, mucha champaña... Me duele mucho la cabeza...
-Bien, bien. Hoy mismo mandó a depositar en tu cuenta.
-Cómo tú digas, amor.
Rey colgó su celular y quedó tranquilo, más que tranquilo, contento, orondo, como el gusano de la botella de mezcal que sabe que la felicidad del borracho es recíproca a su infelicidad del día siguiente.
Al quince para las doce, hora en que el sol calaba los huesos, el estadio de Mazatlán estaba de bote a bote, sin un sólo lugar para un aficionado más. Las escuadras salieron a la cancha.
A las doce en punto empezó el juego.
Y sí, dicho partido significó un parteaguas en la carrera de Daniel Trejo durante aquella temporada, mientras que Rey quedó como un imbécil por no mandarle marcaje especial en aquel encuentro. El delantero no sólo anotó tres goles -el resultado final fue Mazatlán 1, jaguares 3-, no sólo corrió los 90 minutos como un galgo incansable, no sólo hizo dos o tres jugadas de genio, sino que la prensa lo designó el jugador de la semana, y El Gato Solorzano, comentarista de la transmisión por T.V. del juego, ponderó una y otra vez el profesionalismo y entrega de este futbolista adentro y fuera de la cancha.
De esta manera, pues, a las tres y media de la tarde volvió a sonar el teléfono de Rosabel que, apenas contestando escuchó de golpe la voz colérica de Rey: -¿Con que un México-Zambia con tiempos extras?
-Y tiros penales -respondió la mujer sin entender a bien el tono de Rey.
-¡Carajo, Rosa, no seas cínica! ¿Con quién carajos estuviste ayer?
-¿Cómo que con quién? Con quien me dijiste, con Daniel Trejo.
-Entonces, ¿por qué amaneció fresco como una lechuga, tanto que nos clavó tres pepinos?
-Imposible. Lo dejé en la madrugada hecho una piltrafa, ahogado, vampirizado...
-¿A Daniel? ¿A Daniel Trejo?
-Que sí, Rey, no seas pesado, el muchacho debe de ser un fenómeno para recuperarse tan pronto, de otro modo no me explico que a sus treinta y tantos...
-¿Treinta y tantos? Daniel no llega a veinte.
-¡Qué! ¿Acaso no se parece a Maradona? ¿Acaso no tiene los ojos verdes y el cabello chino?
Rey no contestó.
-¿Acaso no tiene una pequeña cicatriz en la mejilla izquierda?
-Sí, sí la tiene -Rey hizo una pausa, tragó saliva y antes de colgar únicamente atinó a decirle-: sólo que ese es Daniel Trejo padre, psicólogo del equipo, no el centro delantero.
* Publicado en Ficticia con permiso del autor, el: 06/01/00
domingo, 13 de abril de 2008
Apuntes del futbol en Flores
Alejandro Dolina
Anotada por Jose Luis González F. (Doc)
Y en cada jugada, la hidalguía, la soberbia, la inteligencia, la cobardía, estupidez, la injusticia, la suerte, la burla, la risa o el llanto.
Los Hombres Sensibles pensaban que el fútbol era juego perfecto, y respetaban a los craks tanto como a los artistas o a los héroes. Se asegura que los muchachos del Angel Gris tenían un equipo.
La opinión general suele identificarlo con el legendario Empalme San Disiente Morón Vicente, conocido también como el Cuadro de las Mil Derrotas.Según parece, a través de modestas giras, anduvieron por barriadas hostiles, como Temperley, Caseros, Saavedra, san Miguel, Florencio Varela, san Isidro, Barracas, Liniers, Núñez, Palermo, Hurlingham o Villarreal.
El célebre puntero Héctor Ferrarotti llevó durante muchos años un cuaderno de anotaciones en el que, además de datos estadísticos, hay noticias muy curiosas que vale la pena conocer.
-En Villa Rizzo, todos los partidos terminan con la aniquilación del equipo visitante. Si un cuadro tiene la mala ocurrencia de ganar, su destrucción se concretan a modo de venganza. Si el resultado es una igualdad, la vía va obra como desempate. Y si, como ocurre casi siempre, los visitantes pierden, la violencia tome nombre de castigo a la torpeza.
-En Caseros hubo una cancha entrañable que tenía un árbol en el medio y que estaba en los terrenos de una casa abandonada.
-En un potrero de Palermo, había oculta entre los yuyos [1], una canilla petisa[2] que malograba a los delanteros veloces.
-Cierto equipo de Merlo jugaba con una pelota tan pesada que nadie se atrevió nunca a cabecear.
-En un lugar preciso de la cancha de Piraña acecha el demonio. A veces los jugadores pisan el sector infernal, adquieren habilidades secretas, convierten muchos goles, triunfante en Italia, se entregan al lujo y se destruyen.
Otras veces los jugadores pisan al revés y se entorpecen, juegan mal, son excluidos del equipo, abandonan el deporte, se entregan al vicio y se destruyen. Hay quienes no pisan jamás el coto del diablo y prosiguen oscuramente sus vidas, parecen desengaños, pierden la fe y se destruyen. Conviene no jugar en la cancha de Piraña.
Las últimas páginas del cuaderno de Ferrarotti contienen historias ajenas. Algunas de ellas muestran un conmovedor afán literario. Veamos.
El tipo que pasaba por ahí.
Suele ocurrir en los equipos de barrio que a la hora de comenzar el partido faltan uno o dos jugadores. Casi siempre se recurre a oscuros sujetos que nunca faltan en la vecindad de los potreros. El destino de estos individuos no es envidiable. Deben jugar en puestos ruines, nadie les pasa la pelota y soportan remoquetes de ocasión, como Gordito, Pelado o Celeste, en alusión al color de su camiseta. Si repentinamente llega el jugador que faltaba, se lo reemplaza sin ninguna explicación y ya nadie se acuerda de su existencia.
Pero una tarde en Villa del Parque, los muchachos del Ciclón de Jonte completaron su formación con uno de estos peregrinos anónimos. Y sucedió que el hombre era un genio. Jugaba y hacía jugar. Convirtió seis goles y realizó hazañas inolvidables. Nunca nadie jugó así. Al terminar el partido se fue en silencio, tal vez en procura de otros desafíos ajenos.Cuando lo buscaron para felicitarlo, ya no estaba. Preguntaron por él a los lugareños, pero nadie lo conocía. Jamás volvieron a verlo.
Algunos muchachos del Ciclón de Jonte dicen que era un profesional de primera división, pero nadie se contenta con este juicio. La mayoría ha preferido sospechar que era un ángel que les hizo una gauchada. Desde aquella tarde, todos tratan con más cariño a los sometidos que jueguen de relleno.
El réferi demasiado justo.
El colorado De Felipe era referí. Contra la opinión general que lo acreditó como un bombero de cartel, quienes lo conocieron bien juran que nunca hubo un árbitro más justo. Tal vez era demasiado justo.
De Felipe no sólo evaluaba las jugadas para ver si sancionaba alguna infracción: sopesaba también las condiciones morales de los jugadores involucrados, sus historias personales, sus merecimientos deportivos y espirituales. Recién entonces decidía. Y siempre procuraba favorecer a los buenos y castigar a los canallas.
Jamás iba a cobrarle un penal a un defensor decente y honrado, ni aunque el hombre tomara la pelota con las dos manos. En cambio, los jugadores pérfidos, holgazanes o alcahuetes eran penados a cada intervención. Creía que su silbato no estaba al servicio del reglamento, sino para hacer cumplir los propósitos nobles del universo. Aspiraba a un mundo mejor, donde los pibes melancólicos y soñadores salen campeones y los cancheros y compadrones se van al descenso.
Parece increíble. Sin embargo, todos hemos conocido árbitros de locura inversa, amigos o lacayos de los sobradores, por temor a se sus víctimas. Inflexibles con los débiles y condescendientes con los matones.
Una tarde casi lo matan en Ciudadela. Los Hombres Sensibles de Flores lamentaron no haber estado allí, para hacerse dar una piña en su homenaje.
El patio de las pelotas perdidas
Los demonios ladrones andan merodeando cerca de las canchas. Cuando la pelota se va lejos, la ocultan entre los yuyales [3] o en las zanjas para que los jugadores no puedan encontrarla. Ya en la noche, llevan las pelotas perdidas a un patio secreto.
Los demonios realizan además acuerdos infames con vecinos chúcaros[4]. Y en las madrugadas recorren techos, canaletas y terrazas para comprobar su despojo.
Nadie lo sabe, pero en el patio están todas las pelotas perdidas: duras reliquias con tiento, flamantes cueros profesionales, humildes "Pulpo" de goma, infames bolas de plástico que doblan en el aire, ásperas veteranas que han conocido mil costurones. Un día entre los días vendrá del sur un duende bienhechor que ha de sacar las pelotas cautivas para devolverlas a sus dueños. Y todos sentirán la emoción de revivir viejos piques olvidados.
Instrucciones para elegir en un picado[5]
Cuando un grupo de amigos no enrolados en ningún equipo se reúnen para jugar, tiene lugar una emocionante ceremonia destinada a establecer quiénes integrarán los dos bandos. Generalmente dos jugadores se enfrentan en un sorteo o pisada y luego cada uno de ellos elige alternadamente a sus futuros compañeros. Se supone que los más diestros serán elegidos en los primeros turnos, quedando para el final los troncos. Pocos han reparado en el contenido dramático de estos lances.
El hombre que está esperando ser elegido vive una situación que rara vez se da en la vida. Sabrá de un modo brutal y exacto en qué medida lo aceptan o lo rechazan. Sin eufemismos, conocerá su verdadera posición en el grupo.
A lo largo de los años, muchos futbolistas adevertirán su decadencia, conforme su elección sea cada vez más demorada. Manuel Mandeb, que casi siempre oficiaba de elector, observó que sus decisiones no siempre recaían sobre los más hábiles. En un principio se creyó poseedor de vaya a saber qué sutilezas de orden técnico, que le hacían preferir compañeros que reunían ciertas cualidades.
Pero un día comprendió que lo que en verdad deseaba, era jugar con sus amigos más queridos. Por eso elegía a los que estaban más cerca de su corazón, aunque no fueran tan capaces. El criterio de Mandeb parece apenas sentimental, pero es también estratégico. Uno juega mejor con sus amigos. Ellos serán generosos, lo ayudarán, lo comprenderán, lo alentarán y lo perdonarán.
Un equipo de hombres que se respeten y se quieren es invencible. Y si no lo es, más vale compartir la derrota con los amigos, que la victoria con los extraños o los indeseables.
El último partido de Rosendo Bottaro
Había jugado muchos años en primera. Ahora, los muchachos lo habían convencido para que integrara un cuadro de barrio en un torneo nocturno.
-Con usted Bottaro no podemos perder.
Bottaro no era un pibe, pero tenía clase. Confiaba en su toque, en su gambeta corta, en su tiro certero. Su aparición en la cancha mereció algún comentario erudito:
-Ese es Bottaro, el que jugó en Ferro, o en Lanús...
Se permitió el lujo de unos malabarismos truncos antes de empezar el partido.
La noche era oscura y fría. Las tristes luces de la cancha de Urquiza dejaban amplias llanuras de tinieblas donde los wines[6] hacían maniobras invisibles.
En la primera jugada, Bottaro comprendió que estaba viejo. Llegó tarde, y él sabía que la tardanza es lo que denuncia a los mediocres: los cracks llegan a tiempo o no se arriesgan.Pero no se achicó. Fue a buscar juego más atrás y no tuvo suerte. Se mezcló con los delanteros buscando algún cabezazo y la pelota volaba siempre alto.
Apeló a su pasta de organizador: gritó con firmeza pidiendo calma o preanunciando jugadas, pero sus vaticinios no se cumplieron. Ya en el segundo tiempo, dejó pasar magistralmente una pelota entre sus piernas pero el que lo acompañaba no entendió la agudeza. Después se sintió cansado.
Oyó algunas burlas desde la escasa tribuna. En los últimos minutos no se vio. A decir verdad, cuando terminó el partido, ya no estaba. Lo buscaron para que devolviera su camiseta, pero el hombre había desaparecido. Algunos pensaron que se había extraviado en las sombras del lateral derecho.
Esa noche, unos chicos que vendían caramelos en la estación vieron pasar por el caminito de carbonilla a un hombre canoso vestido con casaca roja y pantalón corto.
-Dicen que iba llorando-.
Los Refutadores de Leyendas definen el fútbol como un juego en que veintidós sujetos corren tras de una pelota. La frase, ya clásica, no dice mucho sobre el fútbol, pero deschava sin piedad a quien la formula. El mismo criterio permite afirmar que las novelas de Flaubert son una astuta combinación de papel y tinta. ¡Líbrenos Dios de percibir el mundo con este simple cinismo!
El fútbol es -yo también lo creo- el juego perfecto.
Hoy que el destino ha querido hacernos campeones mundiales, conviene decirlo apasionadamente. Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo con homenajear a Bottaro, a Ferrarotti, a Luciano, a los miles de pioneros atorrantes[7] que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, excelentísimos de Diego Maradona.
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[1]Pasto
[2] Llave o conducto pequeño de agua.
[3] Pasto, pasto hierba.
[4]Áspero, Bravío, referido generalmente a animales del campo por los gauchos
[5] Una cascarita.
[6]Laterales o extremos.
[7] Dicen que las alcantarillas de Buenos Aires, de marca A. Torrents, eran utilizadas por los indigentes, de ahí llamarlos, "atorrantes", aunque por otro lado, se dice también que proviene del vasco Atorra, camisa, y atorrante; descamisado. Por extensión, la palabra es utilizada en Argentina y Uruguay para designar a la persona vaga, que odia el trabajo. Aunque su locución se puede aplicar como en castellano mexicano se hace de la palabra "guey" cuando no se usa como calificativo.
sábado, 15 de marzo de 2008
ESSE EST PERCIPI
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[1] Significa “Existir es ser percibido” según el idealismo subjetivo de Berkeley. Este cuento, pertenece a los los relatos detectivescos Seis problemas para don Isidro Parodi (publicada en 1942) escritos a la limón entre Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Tienen como autor imaginario a Honorio Bustos Domecq, quien supuestamente fue un escritor precoz que publicó a la edad de 10 años, polígrafo, inspector de enseñanza y defensor de pobres. Posteriormente, Borges y Bioy Casares publicaron con el mismo seudónimo Crónicas de Bustos Domecq (1967), de donde se extrae este cuento.
[3] Meollo, Quid del asunto
[4] Situado
[5] Hoy mas que nunca, apoyado por los medios de comunicación a su servicio ¿o al revés?, el gobierno de la República intenta conseguir, y mucho ha logrado, que la afición siga creyendo en los partidos que transmiten. Mucho han de deberle a Ferrarás y don Tulio Savastano.

